EL COMPOSITOR Y SUS MODELOS.

LA FUERZA DE LOS MARES

Una película de Álvaro Zancajo y Luis Miguel González

TVE 2. Domingo 24 de mayo 21.30h. (GMT+2)

Con

Manuel Alejandro

Armando Manzanero

Julio Iglesias

Raphael

Alejandro Sanz

Jeanette

Emmanuel

José Luis Rodríguez, “El Puma”

Manuel de la Calva.

Jesús López

Carlos Rivera

José Ramón Pardo

Pablo López

Marisol

Carlos López

Aunque la mayor parte del público no conozca el nombre ni la persona de Manuel Alejandro, la audición del inicio de algunas de las melodías que compuso hace que la totalidad del pueblo español salte de la silla y entone la letra y la música de sus canciones que se saben de memoria, como si hubieran sido grabadas a fuego en un momento indeterminado de su juventud.

El mundo creativo de Manuel Alejandro precisa de un estudio analítico profundo, pues es uno de los mejores músicos y poetas españoles del siglo XX, pero, quizás, es mucho más placentero recorrer ese mundo a través de sus canciones, como si cruzaras un río pisando piedras lanzadas al azar.

La obra de Manuel Alejandro, muchos lo han asegurado, es el anticipo de lo que luego se conocería como destape (otra parte de nuestra historia que convendría estudiar desde muchos puntos de vista, pero sobre todo el histórico. ¡Qué curiosa coincidencia la del destape y la Transición o la de épocas puritanas con las revoluciones!), pero un destape que no sólo tiene que ver con la famosa época del despertar a la libertad del pueblo español en los años 70, sino un destape originario, como el de un niño que se destapa en la noche.

Pero este destape sexual es algo más que un despertar, es un nacer. Una acción originaria.

Comiénzame a vivir, lléname por completo
No llegues nunca al fin, tenemos mucho tiempo
Para que estés conmigo, para estar junto a ti.

Y, de alguna manera, en las canciones de Manuel Alejandro, ese nacimiento conlleva también el despertar al amor.

Pero este nacimiento a la pasión se intuye en estas letras como efímera, quizás sólo un estado imaginado, inventado o quizás nada.

La asimilación de la vida a un estado de pasión plena es igualmente pletórico como siempre recordado, como un recuerdo de lo vivido y ya desaparecido.

Es muy llamativa la importancia de un compositor como Manuel Alejandro, el número de grandes éxitos que produjo y lo importante que es en el mundo de la canción y lo oculto que es para el gran público. Podríamos decir que la figura del compositor se escondió detrás de grandes ídolos, en la sombra, en el lugar donde se crea, en el espacio reservado que nadie mira, en el que nadie repara, pero desde el que se puede observar todo.

Quizás desde ese lugar recóndito, ese lugar a oscuras donde se refugia el creador, fue testigo de grandes pasiones, en todos sus temas, siempre una gran pasión se pone en escena como ausencia o como carencia.

Una gran pasión en algún momento presenciada, intuida, escuchada o imaginada y, por supuesto, siempre una gran pasión perdida. Ausente.

Una pasión que se fantasea eterna o, por lo menos, el sujeto piensa que es posible que retorno.   

Una pasión que se considera plena, aunque perdida.

Pero vivir para esta pasión implica en el sujeto una soledad real, como la que Julio Igleisas reconoce y percibe también en Manuel Alejandro.

Una pasión que, quizás por ser plena, es obligatoriamente secreta, prohibida, de alguna manera imposible, sin posibilidad de futuro.


Te sacudirás el pelo
Para que jamás nadie lo sepa
Nos iremos con el alma
Y con el cuerpo con olor a hierba

Sin posibilidad de que sea nunca posible, alguna vez real.


Porque este terco corazón
se ha empeñado, se ha empeñado
vivir tan solo para ti
aunque tú no le hagas caso.

Pero este desarraigo en el plano del deseo, se vuelve, en un intercambio de identidad con el rival, un delirio en el éxtasis de ese amor. Todo se detiene y todo se confunde.

Se paró el reloj, ya deben ser las diez
Cuando estoy con él
El tiempo me da igual
Sólo quiero ser mujer y nada más

El amante y la amada indiferenciados e inseparables en esa imaginaria pasión.

El amanecer de toda pasión es, indefectiblemente ausencia, volatilidad y pérdida del objeto amado que, quizás, no fue más que una idea.

Y esa ausencia, ese espacio que, a la luz, comparece como vacío provoca el derrumbamiento del sujeto.

Ese objeto amado que se escapa, fantasmagórico, imposible de conseguir del todo obliga a que se le olvide.

Se procura olvidar porque su goce es autónomo al sujeto.

Cuyo goce es la razón principal de su vida. Consciente de que el sujeto va a sufrir.

Y la sinceridad, heredera de la cruda e insoportable realidad, su arma más letal.

Mi amante amigo
Mi hombre, mi alerquín, mi fiel juguete
De todos mis amores confidente
Sé que vas a sufrir
Sé que vas a sufrir

Esa imposibilidad de acceder a la pasión sin destruirse, así como la insoportable realidad empujan al sujeto a su colapso y a la imposibilidad de una construcción en el plano de la realidad.

Pero precisamente el sujeto sólo se puede construir reflejado en esa pasión, persiguiéndola se mantiene en pie e, incluso, conforma su identidad. El que persigue.

Aquel que persigue escribiendo. Frente a frente. El sujeto frente a la pasión. El compositor frente a la modelo.

El amor imposible es truncado por un tercer término, un tercer término que también asume el sujeto que canta.

Un sujeto que se construye en la imposibilidad, en la melancolía.

En la tristeza de la imposibilidad, de la inabarcabilidad.

Abocado a la desaparición segura de la amada.

Cuando este cuerpo mío se estremezca
Te buscará en la noche, te buscará temblando,
Y al no encontrar tu cuerpo, se quedará dormido,
Se quedará dormido de cansado.

Ese día llegará,
Llegará, sí, llegará.
Ese día llegará,
Llegará, sí, llegará.

“Nuestro corazón nos dicta una melodía que nosotros escribimos, pero que no componemos, que no transformamos, que no ampliamos, que no desarrollamos. Una canción tú la cantas, la silbas, si quieres y, si sabes escribir música la escribes y si no te la escribe otro, y punto. Se acabó. Una canción es una rosa, un geranio, un jaramago, no es nada más, y ahí hay que dejarla. Déjala. Eso es la canción”. (Manuel Alejandro)

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