PETER BROOK/ MAHABHARATA: SU ORIGEN – VERSIÓN COMPLETA CON SUBTÍTULOS EN ESPAÑOL

Peter Brook ensaya “Mahabharata” en su estreno en Avignon (1985)
El Mahabharata. Versión completa para TV de 5 horas y 19 minutos. V.O. subtítulado en español.

«EL MAHABHARATA»

Una de las dificultades a las que nos enfrentamos cuando vemos teatro tradicional de Oriente es la de admirar sin entender. A menos que poseamos la clave de los símbolos, nos quedamos fuera, con una impresión completamente exterior, fascinados quizá por la superficie, pero incapaces de captar las realidades humanas sin las cuales estas formas artísticas tan complejas jamás hubieran surgido.

La primera vez que vi en mi vida una demostración de Kathakali escuché una palabra que en ese momento me era totalmente desconocida: «Mahabharata». Un bailarín representaba una escena de esta obra y su primera y repentina aparición, desde detrás de un telón, me provocó una conmoción inolvidable. Su traje era rojo y dorado; su rostro, rojo y verde; su nariz, como una bola de billar muy blanca; sus uñas, como cuchillos; en vez de barba y bigote, lucía des lunas blancas en cuarto creciente que descendían desde sus labios; sus pestañas curvadas se movían hacia arriba y abajo como unos palillos de tambor, y con sus dedos emitía extraños mensajes en código. A través de la magnífica ferocidad de sus movimientos se podía entender que estaba contando una historia.

Pero, ¿qué historia? Apenas pude deducir que se trataba de algo mítico y remoto, procedente de otra cultura que nada tenía que ver con mi vida.

Gradualmente, tristemente, comencé a percibir que mi interés decaía, el impacto visual ya no tenía la fuerza inicial.

Después del intervalo volvió a escena el bailarín, ahora sin maquillaje, ya sin el aspecto de aquel semidiós, sino como un hindú de aspecto agradable en camisa y vaqueros. Procedió a describir la escena que había bailado antes y repitió la danza. La gestualidad hierática ahora se veía en un hombre del presente. Aquella imagen soberbia aunque impenetrable había dado paso a otra imagen más común, más accesible, y yo sentí que prefería esta última.

Volví a encontrarme con El Mahabharata cuando aquel notable erudito del sánscrito, Philippe Lavastine, nos narró a Jean Claude Carrière y a mí con apasionado entusiasmo algunas de sus historias. Gracias a él comenzamos a comprender por qué El Mahabharata es una de las grandes obras de la humanidad y por qué, al igual que otras grandes obras, está al mismo tiempo muy lejos y muy próxima a nosotros. Contiene las más profundas expresiones del pensamiento hindú, y sin embargo, a lo largo de más de dos mil años, ha ido penetrando tan íntimamente en la vida cotidiana de la India que para muchos millones de personas sus personajes estarán vivos eternamente, como si fueran verdaderos integrantes de su propia familia, con quienes comparten disputas y todo tipo de cuestiones.

Jean Claude y yo quedamos tan fascinados que, en plena calle St. André des Arts, a las tres de la madrugada, tras una larga sesión narrativa, establecimos un mutuo compromiso. Teníamos que hallar una manera de traer ese material a nuestro mundo para poder compartir esas maravillosas historias con el público occidental.

Una vez tomada la decisión, el primer paso obviamente era ir a la India. Y así comenzó una larga serie de viajes en los que gradualmente tomarían parte todos los que de una u otra manera estaban involucrados en el proyecto: los actores, los músicos, los diseñadores. La India dejaba de ser un sueño y se convertía en algo infinitamente más rico. No puedo decir que hayamos captado todos sus aspectos, pero sí que vimos lo suficiente como para saber que la variedad de los mismos es infinita. Cada día nos traía una nueva sorpresa, un nuevo descubrimiento.

Comprobamos que durante varios miles de años la India ha vivido en un clima de constante creatividad. Aun cuando la vida fluye con la majestuosa morosidad de un gran río, al mismo tiempo, dentro de la corriente, cada átomo tiene su propia y muy dinámica energía. Cualquiera que sea el aspecto de la experiencia humana, los hindúes han explorado infatigablemente todas y cada una de sus posibilidades. Aun cuando se trate del más humilde y asombroso de los instrumentos humanos, todo lo que el dedo puede hacer ha sido explorado y codificado. Si se trata de una palabra, de una respiración, de una parte del cuerpo, de un sonido, de una nota -o de una piedra, un color, un vestido- todos sus aspectos, prácticos, artísticos y espirituales, han sido investigados y relacionados entre sí. El arte es la celebración de las posibilidades más refinadas de cada elemento, y también significa extraer la esencia de cada detalle, de manera tal que el detalle pueda revelarse como parte significativa de un todo inseparable. Cuanto más conocíamos las formas clásicas del arte hindú, especialmente en lo que respecta al espectáculo, más nos convencíamos de que hace falta al menos una vida entera para aprender sus secretos, y que el forastero apenas puede admirar y nunca imitar siquiera.

La separación entre representación y ceremonia es difícil de determinar, y fuimos testigos de muchos eventos que nos retrotrajeron a los tiempos védicos, o bien a una cercanía con una energía que es exclusivamente hindú. Theyman, Mudiattu, Yakshagana, Chaau, Jatra; cada región tiene su forma dramática, y casi todas las formas -cantadas, mimadas, narradas- aluden o directamente cuentan partes del Mahabharata. Dondequiera que fuéramos, encontrábamos sabios, eruditos o simplemente pobladores que se mostraban muy complacidos de que hubiera extranjeros interesa- dos en su gran poema épico, y con generosidad aceptaban gratamente compartir sus interpretaciones del mismo.

Nos emocionó profundamente la devoción que los hindúes demuestran por El Mahabharata, y esto nos llenó de respeto y a la vez de temor por la tarea que habíamos asumido.

A la vez, sabíamos que el teatro no debe ser solemne, y que no debíamos permitirnos caer en la falsa reverencia. Lo que mejor nos sirvió de guía en la India fue la tradición popular. En ella reconocimos las técnicas que todo arte folclórico tiene en común, que por otra parte ya habíamos investigado en las improvisaciones practicadas a lo largo de los años. Siempre hemos pensado que un grupo teatral es como un narrador de historias con muchas voces y muchas cabezas, y una de las maneras más fascinantes de encontrarse en la India con El Mahabharata es precisamente a través del narrador de historias. No sólo toca su instrumento musical, sino que lo utiliza como singular recurso escénico para sugerir un arco, una espada, una maza, un río, un ejército o la cola de un mono.

Regresamos de la India con la certeza de que nuestro trabajo no tenía que imitar sino sugerir.

Entonces Jean Claude comenzó la enorme tarea de convertir toda esta experiencia en un texto. Hubo momentos en que sentí que su mente estaba a punto de estallar, debido a la infinidad de impresiones y a la multiplicidad de unidades de información que había almacenado año tras año. En el primer día de ensayos, Jean Claude les dijo a los actores, mientras les daba a cada uno nueve horas de texto: «No consideréis esto una obra terminada. Ahora voy a comenzar a reescribir cada escena a medida que veamos cómo evoluciona con vuestro trabajo». De hecho, no reescribió todas las escenas, pero el material cambiaba constantemente a medida que íbamos trabajando.

Así fue como decidimos hacer una versión inglesa, y yo me embarqué en la preparación de una traducción que fuera lo más fiel y respetuosa posible con la gigantesca realización de Jean Claude.

En la representación, ya fuera en inglés o en francés, no buscamos reconstruir la India dravidiana y aryana de tres mil años atrás. Ni tampoco pretendía estar presentando el simbolismo de la filosofía hindú. Tanto en la música como en el vestuario y en los movimientos tratamos de sugerir el sabor de la India sin querer ser lo que no somos. Por el contrario, las muchas nacionalidades reunidas trataron de reflejar El Mahabharata aportándole elementos propios. De este modo, intentamos rendir homenaje a una obra que sólo la India pudo haber creado pero que contiene ecos de toda la humanidad.

DHARMA

¿Qué es el dharma? Es ésta una pregunta que nadie puede responder, salvo diciendo que, en un cierto sentido, es el motor esencial. Y dado que es el motor esencial, todo lo que concuerda con él magnifica su efecto. Y todo lo que no concuerda con él, todo lo que se le opone, todo aquello que lo ignora, no es «demoníaco» o «maligno» en el sentido cristiano, sino negativo.

El Mahabharata hace añicos todos los viejos y tradicionales conceptos de Occidente, basados en un cristianismo degradado y alejado de lo esencial, donde Dios y el demonio exhiben formas muy primitivas

. Recupera algo inconmensurable, poderoso y radiante: la idea de que existe un conflicto incesante en cada individuo, en cada grupo humano, en cada expresión del universo; el conflicto entre la posibilidad, que se llama «dharma», y la negación de esa posibilidad. Todo El Mahabharata adquiere su significado concreto a partir del hecho de que el dharma no puede ser definido. ¿Qué puede decirse de algo que no puede ser definido, si no se quiere caer en abstracciones filosóficas? Porque de nada sirven las abstracciones en la vida.

El Mahabharata no intenta explicar el secreto del dharma, pero sí lo convierte en una presencia activa y viviente. Lo hace a través de situaciones dramáticas que traen el dharma a la luz.

Cuando penetramos en el drama de El Mahabharata vivimos en el dharma. Y una vez que hemos atravesado la obra poseemos una cierta noción de lo que es el dharma y de lo que es su opuesto, el adharma. Y en esto reside la responsabilidad del teatro: lo que ningún libro puede transmitir, lo que ningún filósofo puede a ciencia cierta explicar, puede ser brindado a nuestra comprensión por el teatro. Precisamente, traducir lo intraducible es una de sus misiones.

PETER BROOK

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