SILENCIOS CERCANOS, VOCES DISTANTES. ACERCA DE ECOS DE LOS CLAUSTROS. 

 

Aunque no dejo de ser un apasionado de la historia de las religiones y de la mitología, no puedo considerarme creyente. Mi grado de indiferencia con respecto a lo que es la creencia es tal que incluso las palabra ateo o escéptico, irreverente o apóstata no tienen sentido para mí. No hay sombra de fe en mí como para abrazar ninguna otra creencia, incluso las que se enmascaran bajo el laicismo. Declararse ateo es afirmar creer que no hay Dios. Yo no creo en nada, excepto en el hombre. Sin embargo y por eso mismo, siempre respetaré a las personas y su libertad de creencia, siempre que esa creencia no suponga atentar contra el otro.

Eso no quita que siempre me haya interesado la escritura que se produce dentro de un sistema religioso cuando esa escritura se convierte en literatura. La mística, la reflexión, incluso la iluminación. Y dentro de este campo, me resultan de mucho interés las escrituras que intentan recrear y elaborar ese sistema religioso con el que se alinean, sin caer en el texto puramente proselitista, habitualmente alcanzando entonces una altura que es difícil encontrar en la literatura. San Juan y Santa Teresa, Fray Luis. Dante Alighieri, William Blake. Hesíodo, Homero, Esquilo, Sófocles, Calderón, Tirso. Valmiki, Viasa, Wu Cheng En, Cao Xueqin. Laotsé, Chuangtsé, Matsuo Basho, etc. etc. Santa Hildegard von Bingen y todas las monjas que como ella en la Centroeuropa del siglo XII, escribieron desde los conventos. Por ello, fue para mí una sorpresa el encuentro en 2015 con la doctora Anna-Lisa Halling, en aquel momento profesora de la University of Southern Indiana, y el descubrimiento de sus investigaciones sobre nuestro Siglo de Oro que se centraban en las monjas que desde los conventos escribían, interpretaban y ponían en escena las obras que concebían. A través de la tesis doctoral de la Dra. Halling, y luego de la lectura de los textos mismos de estas ilustres escritoras: Sor Marcela de San Félix [1605-1687], Sor Francisca de Santa Teresa [1654-1709], las hermanas Sor María de San Alberto [1568-1640] y Sor Cecilia del Nacimiento [1570-1646]) y las portuguesas, aunque su obra estaba escrita en español, Sóror Violante do Céu [1601-1693] y Sóror Maria do Céu [1658-1753], a las que se suma la interna Juana Teodora de Souza. Con ellas descubrí una corriente a un mismo tiempo literaria y teatral hasta entonces desconocida para mí.

En las obras de estas escritoras abundan las piezas de carácter místico, alegórico y didáctico. Eso no impide que en ellas haya un fuerte aliento de rebeldía contra la sociedad establecida que encumbra al sexo masculino, muchas veces aquejada de los vicios y malas costumbres del machismo, en pro de otra sociedad, la formada por las mujeres, refugiadas en hermandad y libres del yugo del hombre, aunque paradójicamente encerradas para ello intramuros. Obras de un gran nivel literario que sin embargo, han sido ignoradas por nuestros estudiosos. Rescatarlas me parecía una labor importantísima y de ahí mi admiración por la Dra. Halling y sus escritos.

En la USI yo estaba impartiendo un semestre de cine y teatro contemporáneo español y montando una obra mía gracias al empeño del Dr. David Hitchcock. Cuando volví a España, en una charla casual, le hablé a través de internet a Dave de la iniciativa de Adolfo Simón y su Centro Dramático Rural en la pequeña población de Mira, en Cuenca. Me pidió que les pusieran en contacto y en seguida surgió en ambos un gran entusiasmo por forjar un proyecto en común entre el modesto pero tan activo en el estío CDR de la pequeña Mira y una universidad joven y tan volcada con el tema del melting pot o crisol, la mezcla global de culturas, como la USI de Evansville, tal como yo la viví cuando estaba el Dr. Michael Aakhus como decano del College of Liberal Arts.

Tanto como para plantear una actividad de verano de la USI en el pequeño CDR de Mira con estudiantes estadounidenses de español. Todo aquello me pareció algo imposible, pero de hecho, también me ocurrió lo mismo en su momento con la propuesta de mi viaje a la USI, que se concretó finalmente de una manera maravillosa en el segundo semestre del año 2015 con mi asistencia y con el montaje dirigido por mí de “Todos los que quedan” en el Mallette Studio Theatre de la Unversidad, traducida por el Dr. Hitchcock al inglés.

Yo les propuse para esa actividad del CDR y la USI el tema de las monjas dramaturgas del estudio a Anna-LisA Halling, y ellos lo aceptaron fascinados. Curiosamente, yo no estaba seguro de que todo aquello fuera a cuajar, que no era sino un sueño inalcanzable, aunque eso no impidió que empezara a recopilar cientos y cientos de páginas de material de documentación y sobre todo, de los textos originales de las monjas. Y así, sin creérmelo y de forma tan accidentada como para que no llegáramos a tener una reunión de preparación del material entre Adolfo y yo, fui destilando todo ese material al que le añadí otros elementos, buscando lo que sería el día a día en la vida de una monja en el siglo XVII y lo que significaría el teatro para ellas. Al final lo que obtuve, según mi propósito, tras mi experiencia en mi montaje anterior en la USI, fue no un texto cerrado, sino 60 páginas que servirían como propuestas para una experiencia única. El objetivo, reunir en un espacio de recogimiento a seis estudiantes americanas para que revivieran la situación de lo que era ser monja en esa época, planteada hoy en día, en un pequeño pueblo manchego en el cuál el tiempo fluye de manera muy diferente al de Madrid y al de los Estados Unidos. No era una dramaturgia sobre los textos de las monjas, sino un intento de revivir su vida cotidiana, sus vivencias, sus emociones diarias. Y de cómo esto afectaba a seis chicas de hoy en día.

El resultado: un proceso que se desarrolló a lo largo de todo ese mes de julio de 2017 en el que ellas renunciaron a su cultura y a la comodidad asociada a ella para compartir esa experiencia de convivencia y de sororidad, de identidad entre hermanas, entre mujeres, y de comprensión de lo que era vivir en el siglo XVII siendo mujer, siendo monja. Así como aprender, no siendo actrices, la otra cara del teatro. No la del texto cerrado y el ensayo mecánico de un texto previamente memorizado para la representación, sino la del juego, la búsqueda, el placer del error y del goce encontrado. Un trabajo en el que hubo sus altibajos, pero en el que estas seis estadounidenses: Lorena Baquerizo Gellibert, JJ Epperson, Mendy López, Coralys Miranda-Reyes, Jeny Wagner y Jackeline Yagual Flores dieron lo mejor de sí mismas, vivieron una experiencia que nunca olvidarán y dejaron con su exótica presencia una huella imborrable en Mira.

Asistí emocionado a la primera muestra que hicieron de Ecos de los Claustros en la capilla de San Pedro en Cuenca, desacralizada y que forma parte del imprescindible espacio de instigación artística Fundación Antonio Pérez, en el que tanta importancia tienen el collage y el objeto encontrado. Y fue un encuentro en el que ellas, en susurros, iluminadas sólo por lo que son las velas modernas-las luces de los móviles, con la escenografía de sus auténticas maletas de viaje, ofrecían lo que había sido su viaje de convivencia y de conocimiento y su encuentro con esas otras compañeras, vivas pese a que sus cuerpos retornaron a la tierra hace casi 400 años. No así sus emociones y sus ilusiones, que siguen vivas pese a la ignorancia. Bastó recordarlas para que volvieran a brillar con todo su fulgor.

Me temo que este fascinante trabajo no ha hecho sino comenzar. Espero formar parte de los siguientes pasos de los Ecos de los claustros.

RAÚL HERNÁNDEZ GARRIDO

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