SER EN CONFLICTO, SER EN LIBERTAD. Una reflexión sobre palabras de José Monleón. PRIMER ACTO 60 AÑOS.

“La tragedia transmite que la libertad no está en el conflicto. El conflicto no consiste en liquidar a una de las partes. Cuando lo haces, ya no tienes conflicto. (…) Esa es la conciencia de ciertas posiciones radicales que detienen o lastran el desarrollo del ser humano, y los procesos democráticos. El conflicto es el factor que permite seguir pensando. Es decir, que el conflicto entre lo público y lo privado, en Antígona, como en Las Bacantes, entre lo irracional y lo racional, estará en la tragedia siempre presente. (…) La liquidación del conflicto, el triunfo de uno de los términos, no supone la paz, sino, alegóricamente, la muerte. (…) La percepción conflictiva de la existencia personal y del mundo (…) es la actitud intelectual contraria a la contundencia irresponsable de cualquier forma de integrismo”.

pág. 160 Un viaje real por el imaginario

 

 

SER EN CONFLICTO, SER EN LIBERTAD

Se dice que en el teatro posdramático el conflicto es un concepto superado. Que en la escena han aparecido múltiples aspectos que el teatro de texto no considera, y que están muy por encima de lo que nos puede dar el teatro dramático, al cual estos revisionistas tratan como teatro convencional o teatro antiguo. Ciertamente, nos atraen muchas de estas manifestaciones de vanguardia en el teatro, las propiciamos y acudimos a verlas sobre los escenarios, o en las calles o en lugares poco convencionales. Pero de ahí a que se haya superado completamente el concepto de conflicto, y a que éste se pueda considerar como algo viejo, hay un abismo. Tanto, que realmente podemos encontrar en cualquier manifestación que aparentemente no tiene drama el principio de ese concepto tan denostado. En las más acérrimas muestras de teatro posdramático, tal como sus defensores la entienden, podemos rastrear la pervivencia del conflicto, de una manera u otra.

Pero, ¿qué es el conflicto?

El conflicto es en principio la discrepancia de dos o más puntos de vista con respecto a un tema, que genera un enfrentamiento activo entre estos puntos de vista que se convierten así en fuerzas en pugna. El conflicto no es un simple debate, y mucho menos si nos referimos al que se vive en la escena, o de forma más amplia, en las artes de mímesis. El conflicto subsume cuerpo, emociones, vida personal, vivencias de los seres que conforman esa pugna. Todo se ve comprometido en el conflicto, con lo cual éste acaba, teatralmente hablando, siendo no un diálogo temático, sino una apuesta integral de los seres que lo conforman. “Orgánico”, éste es un término que aparece mucho en el campo de la interpretación teatral, como una fuerza que empuja al actor de forma global y coherente. Ese concepto de lo “orgánico” se intenta situar y definir desde el campo de lo natural, pero debería buscarse más bien en el campo del conflicto. Eso nos lleva a ver que lo natural no tiene mucho que ver con esa fuerza. Lo natural es cumplir de forma estricta una necesidad básica y no actuar cuando ésta necesidad básica no exista. Sin embargo, desde la perspectiva de lo natural, el ser humano es atípico. Come cuando no tiene hambre. También puede proponerse no comer cuando la tiene. No cumple periodos de celo y convierte una necesidad básica que nos permite reproducirnos, el sexo, en un hecho de cultura.

El conflicto sobrepasa la necesidad natural. Está por encima de ésta y no se extingue hasta que las fuerzas en pugna llegan a la extinción completa del incentivo que les lleva a él. Y ese incentivo, en una obra de teatro, es esencial al personaje. El conflicto se extingue con el mismo personaje, que se anula cuando desaparece éste. El conflicto crea al personaje, el personaje desaparece con el conflicto.

El conflicto tiene una base social clara, ligada a la sobredeterminación de un sistema de poder basado en la inmovilización de las clases estancas y en la opresión que ejerce una minoría sobre una mayoría utilizando los instrumentos coercitivos que ese sistema oficial dispone. Como ocurría con la lucha de los hombres contra los dioses en el teatro griego o la resistencia de poblaciones subyugadas por fuerzas invasoras en el teatro romántico. Pero aunque en las buenas obras de teatro siempre hay una visión crítica a un sistema social que percibimos a través del desarrollo del conflicto, ya sea porque se muestran los defectos de un sistema degenerado, o ya porque se dé cuenta de la gestación de un sistema social nuevo; y pese además a la gran componente social del teatro, que no deja de ser asamblea, hay en ese conflicto algo que ni Piscator, ni Brecht ni Eisenstein lograron liquidar, que es la cuestión de la profunda implicación personal del personaje en él, y no sólo como cuestión ideológica. Un conflicto que apunta a la resolución de una necesidad vital en el personaje, una necesidad que supondría la continuidad o no del personaje. Dicho de otra manera, la vida o muerte de la persona representada en el drama o tragedia. Porque como afirma José Monleón, vamos a dejar de hablar de personajes, de mentiras aceptadas en la convención del hecho teatral considerado como espectáculo, y hablemos de personas, de seres hechos de tiempo, carne, dolor y esperanzas y comprometidos con un instante del tiempo. Seres únicos, limitados, conscientes de sus límites y obsesionados por esos límites.

Si no el ser social no es lo únicamente fundamental del conflicto, pese a que sea un hecho dominante del teatro, tampoco lo es lo psicológico, pese a que la instancia del deseo (y la lucha contra su represión) es núcleo fundamental del personaje y del trayecto dramático.
El teatro es sobre todo el problema del uno y el problema de los otros. El conflicto nos plantea las preguntas que atañen al ser individual. Nos hablan de la soledad. ¿Por qué estoy aquí? ¿Por qué nazco? ¿Por qué moriré? ¿Por qué soy yo? ¿Por qué no soy el otro? ¿Qué me separa de él, si soy tanto como él? El conflicto atañe a ese punto candente del individuo que se piensa a sí mismo, pero es incapaz de pensar al otro, porque el otro siempre escapa al pensamiento propio. Estamos posesionados por nuestro pensar, y del otro sólo tenemos un espejo que aunque aparente ser yo, no lo soy. Porque no lo soy, por eso hago conflicto con él. Y de sea posición nace mi definición como individuo y mi posibilidad de integrarme en un grupo, en el que me defino como ser limitado, individual, diferenciado. Es decir, como ser libre dentro de ese grupo. Un grupo de seres libres, individuales, limitados, que se agrupa en una unidad superior que sin embargo no borra las diferencias individuales: la asamblea. Una asamblea que se identifica con los que integran el hecho teatral: espectadores, actores, autor, director, equipo artístico, técnico y de sala. Unidos no en un negocio ni en una convención, sino en un hecho de interrogación acerca de los límites de la individualidad y de la creación de una sociedad que no ahoga lo individual, sino que creando una estructura compleja logra respetar el ser libre de cada uno.

Y todo esto, ¿acaso no se juega en cuanto hay un ser humano en escena? Y entiendo escena de forma amplia, no convencional. Y es más, eligiendo un espectáculo radicalmente postmoderno, ampliamente postdramático como era el Stifters Dinge de Heiner Goebbels, teatro en el que el actor y cualquier ser humano quedaba descartado de la escena, ocupada por una maquinaria sofisticada, o en el reciente Encore del Attis Teatre de Theodoros Terzopoulos, sin personajes ni trama ni diálogo, sino un simple “Encore” que pasaba de la boca de la actriz en escena al actor en escena y al entrechocar de cuerpos, afirmo en ellos la profunda exploración del conflicto más allá de los estrechos límites que el teatro convencional y la convencional visión del teatro posdramático plantean. Un conflicto en el que nos preguntamos una y otra vez: ¿por qué estoy solo? ¿cuál es la esencia de la asamblea? Y e el que siempre nos encontramos con la rabiosa individualidad y la libertad del ser.

 

RAÚL HERNÁNDEZ GARRIDO

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